LA CURACIÓN DESDE LA PERSPECTIVA DE EDWARD BACH. (VII)

1 07 2012

Obras completas del Doctor Edward Bach.


CÚRESE USTED MISMO

(Publicado por C.W.Daniel Co., 1931)

Una explicación de la causa real y de la curación de la enfermedad.

Capítulo siete

Y ahora llegamos al problema crucial: ¿Cómo podemos auxiliarnos?, ¿Cómo mantener a nuestra mente y nuestro cuerpo en ese estado de armonía que dificulte o imposibilite el ataque de la enfermedad?, pues es seguro que la personalidad sin conflictos es inmune a la enfermedad.

En primer lugar, consideremos la mente. Ya hemos discutido extensamente la necesidad de buscar en nuestro interior los defectos que poseemos y que nos hacen actuar contra la unidad y en desarmonía con los dictados del alma, y de eliminar esos defectos desarrollando las virtudes opuestas. Esto puede hacerse siguiendo las directrices antes indicadas, y un honesto autoexamen que nos descubrirá la naturaleza de nuestros errores. Nuestros consejeros espirituales, médicos de verdad e íntimos amigos podrán ayudarnos a conseguir un fiel retrato de nosotros mismos, pero el método perfecto de aprender es el pensamiento sereno y la meditación, y ubicarnos en un ambiente de paz y sosiego en el que las almas puedan hablarnos a través de la conciencia y la intuición, y guiarnos según sus deseos.

Sólo con que podamos un rato todos los días, perfectamente solos y en un lugar tranquilo,  si es posible libre de interrupciones y simplemente sentarnos o tumbarnos tranquilamente, con la mente en blanco o bien pensando sosegadamente en  nuestra obra en la vida, veremos después de un tiempo que esos momentos nos ayudan mucho y que en ellos se nos suministran destellos de conocimiento y consejo. Vemos que se responde infaliblemente a los difíciles problemas de la vida, y somos capaces de elegir confiadamente la senda correcta. En esos momentos tenemos que alimentar en nuestro corazón un sincero deseo de servir a la humanidad y trabajar de acuerdo a los dictados de nuestra alma.

Recordemos que cuando se descubre el defecto, el remedio no consiste en combatir con grandes dosis de voluntad y energía para suprimirlo, sino en desarrollar firmemente la virtud contraria, y así, automáticamente, se borrará de nuestra naturaleza todo rastro de lo indeseable. Éste es el verdadero método natural de progresar y de conquistar al mal, mucho más fácil y efectivo que la lucha contra un defecto en particular. Combatir un defecto hace aumentar el poder de éste al mantener la atención centrada en su presencia, y desencadena una verdadera batalla; el mayor éxito que cabe esperar en este caso es vencerlo y suprimirlo, lo cual es poco satisfactorio, ya que el enemigo permanece dentro de nosotros mismos y en un momento de debilidad puede resurgir con renovados bríos. Olvidar el error y luchar  para desarrollar la virtud que haga imposible al anterior, ésa es la verdadera victoria.

Por ejemplo, si existe crueldad en nuestra naturaleza, podemos repetirnos continuamente: <no seré cruel>, y así evitar un error en esa dirección; pero el éxito de este caso depende de la fortaleza de la mente, y si ésta se debilita por un momento, podemos olvidar nuestra resolución.  Pero deberíamos por otra parte, desarrollar una verdadera compasión por nuestros semejantes, cualidad ésta que hará a la crueldad imposible de una vez por todas, pues evitaríamos el acto cruel  con horror  gracias al compañerismo. En este caso no hay supresión, ni enemigo oculto que aparezca en cuanto bajamos la guardia, pues nuestra compasión  habrá erradicado por completo de nuestra naturaleza la posibilidad de cualquier acto que pudiera dañar a los demás.

Como hemos visto antes, la naturaleza de nuestras enfermedades físicas nos ayudará materialmente al señalar qué desarmonía mental es la causa básica de su origen; y otro gran factor de éxito es que sintamos un gusto por la vida, y consideremos a la existencia no meramente un deber que hay que cumplir con la mayor paciencia posible, sino que desarrollemos un verdadero gozo por la aventura que significa nuestro paso por este mundo.

Quizá una de las mayores tragedias del materialismo es el desarrollo del aburrimiento y la pérdida de la auténtica felicidad interior; enseña a la gente a buscar el contento y la compensación a los padecimientos en las alegrías y placeres terrenales, y éstos sólo pueden proporcionar un olvido temporal de nuestras dificultades. Una vez que empezamos a buscar compensación a  nuestras tribulaciones en las bromas de un bufón a sueldo, entramos en un círculo vicioso. La diversión, los entretenimientos, y las frivolidades son buenos para todos, pero no cuando dependemos de ellos persistentemente para olvidar nuestros problemas. Las diversiones mundanales de cualquier clase tienen que ir aumentando de intensidad  para ser eficaces,  y lo que ayer nos atraía mañana nos aburrirá. Así seguimos buscando otras y mayores excitaciones hasta que nos saciamos y ya no obtenemos alivio en esa dirección. De una forma u otra, la dependencia de las diversiones mundanales nos convierte a todos en faustos, y aunque no lo advirtamos plenamente en nuestro yo consciente, la vida se convierte en poco más que un deber paciente, y todo su auténtico gusto y alegría, que debería ser la herencia de todo niño y mantenerse a lo largo de la vida hasta la hora postrera, se nos escapa. Hoy en día se alcanza el estado extremo en los esfuerzos científicos por obtener el rejuvenecimiento, por prolongar la vida natural, (…).

El estado de aburrimiento es el responsable de que admitamos en nuestro ser una incidencia de la  enfermedad mucho mayor de la normal,  y como éste suele surgir muy pronto en la vida, las enfermedades asociadas a él tienden a aparecer a una edad cada vez más temprana. Esta circunstancia no se dará si conocemos la verdad de nuestra divinidad, nuestra misión en el mundo, y por tanto si contamos con la alegría de obtener experiencia y de ayudar a los demás.

El antídoto contra el aburrimiento es interesarse activa y vivamente por todo cuanto nos rodea, estudiar la vida durante todo el día, aprender de nuestros semejantes y de los avatares de la vida, y ver la verdad que subyace en todas las cosas, perdernos en el arte de adquirir conocimientos y experiencia, y aprovechar las oportunidades de utilizar esta experiencia a favor de un compañero de ruta.  Así cada  momento de nuestro trabajo y de nuestro ocio nos traerá el celo por aprender, un deseo de experimentar cosas reales, con aventuras reales y hechos que valgan la pena, y conforme desarrollemos esa facultad, veremos que recuperamos el poder de obtener alegría de los más pequeños incidentes, y circunstancias que hasta entonces nos parecían mediocres y de aburrida monotonía serán motivo de investigación y aventura. Son las cosas más sencillas de la vida – las cosas sencillas porque están más cerca de la gran verdad – las que nos proporcionarán un placer más real.

La renuncia, la resignación, que nos convierte simplemente en un pasajero distraído del viaje por la vida, abre la puerta a indecibles influencias adversas que nunca habrían tenido oportunidad de lograr ingresar si la existencia cotidiana se viviera con alegría y espíritu de aventura. Cualquiera que sea nuestra estación, trabajador en la ciudad, o solitario pastor en las colinas, tratemos de convertir la monotonía en interés, el aburrido deber en alegre oportunidad para experimentar, y la vida cotidiana en un intenso estudio de la humanidad y de las grandes leyes fundamentales del universo. En todo lugar hay amplias oportunidades de observar las leyes de la creación, tanto en las montañas como en los valles o entre nuestros hermanos los hombres. Primero de todo, convirtamos la vida en una aventura de absorbente interés en la que el aburrimiento ya no sea posible, y con el conocimiento así logrado busquemos armonizar nuestras alma y mente con la gran unidad de la creación de Dios.

Otra ayuda fundamental puede ser para nosotros desechar el miedo. El miedo en realidad no tiene lugar en el reino humano, puesto que nuestra divinidad interior, que es nosotros, es inconquistable e inmortal, y si sólo nos diéramos cuenta de ello, nosotros, como hijos de Dios, no tendríamos nada que temer.

En las épocas materialistas el miedo aumenta naturalmente con las posiciones terrenales (ya sea del cuerpo mismo o riquezas externas), puesto que si tales cosas son nuestro mundo, al ser pasajeras, tan difíciles de obtener y tan imposibles de conservar, excepto lo que dura un suspiro, provocan en nosotros la más absoluta ansiedad, no sea que perdamos la oportunidad de conseguirlas mientras podamos, y necesariamente hemos de vivir en un estado constante de miedo, consciente o subconsciente, puesto que en nuestro fuero interno sabemos que en cualquier momento nos pueden arrebatar esas posesiones y que sólo podemos conservarlas un breve momento en la vida.

En esta era, el miedo a la enfermedad ha aumentado hasta convertirse en un gran poder dañino, puesto que abre las puertas alas codas que tememos, y asi éstas llegan más fácilmente. Ese miedo es en realidad un interés egoísta, pues cuando estamos seriamente absortos en el bienestar de los demás, no tenemos tiempo de sentir aprensión por nuestras enfermedades personales.

El miedo desempeña hoy una importante labor en la intensificación de la enfermedad, y la ciencia moderna ha aumentado el reinado del terror al dar a conocer al público sus descubrimientos que no son más que verdades a medias. El conocimiento de las bacterias y de los distintos gérmenes asociados con la enfermedad ha causado estragos en las mentes de decenas de miles de personas y, debido al pánico que les ha provocado, les hace más susceptibles al ataque. Mientras las formas de vida inferiores, como las bacterias, pueden desempeñar un papel, o estar asociadas a la enfermedad física, no constituyen en absoluto todo el problema como se puede demostrar científicamente o con ejemplos de la vida cotidiana. Hay un factor que la ciencia es incapaz de explicar en el terreno físico, y es por que algunas personas se ven afectadas por la enfermedad mientras otras no, aunque ambas estén expuestas a la misma posibilidad de infección.

El materialismo se olvida de que  hay un factor por encima del plano físico que en el transcurso de la vida protege o expone a cualquier individuo ante la enfermedad, de cualquier naturaleza que sea. El miedo, con su efecto deprimente sobre nuestra mentalidad, que causa desarmonía en nuestros cuerpos físicos y energéticos, prepara el camino a la invasión, y si las bacterias y las causas físicas fueran las que única e indudablemente provocaran la enfermedad,  entonces, desde luego, el miedo estaría justificado.

Pero cuando nos damos cuenta de que en las peores epidemias sólo se ven atacados algunos de los que están expuestos a la infección y de que, como hemos visto, la causa real de la enfermedad se encuentra en nuestra personalidad y cae dentro de nuestro control, entonces tenemos razones para desechar el miedo, sabiendo que el remedio está en nosotros mismos,  podremos decir que el miedo a los agentes físicos como únicos causantes de la enfermedad debe desaparecer de nuestras mentes, ya que esa ansiedad nos vuelve vulnerables, y si tratamos de llevar la armonía a nuestra personalidad, no tenemos que anticipar la enfermedad lo mismo que no debemos temer que nos caiga un rayo o que nos aplaste el fragmento de un meteorito.

Ahora consideremos el cuerpo físico. No debemos olvidar en ningún momento que es la morada terrenal del alma, en la que habitamos una breve temporada para poder entrar en contacto con el mundo y así adquirir experiencia y conocimiento. Sin llegar a identificarnos demasiado con nuestro cuerpo, debemos tratarlo con respeto y cuidado para que se mantenga sano y dure más tiempo, a fin de que podamos realizar nuestra labor. En ningún momento debemos sentir excesiva preocupación o ansiedad por él, sino que tenemos que aprender a tener la menor conciencia posible de su existencia, utilizándolo como vehículo de nuestra alma y mente y como servidor de nuestra voluntad.

La limpieza interna y externa es de gran importancia. Para la limpieza externa, nosotros los occidentales utilizamos agua excesivamente caliente; ésta abre los poros y permite la admisión de suciedad. Además, la excesiva utilización del jabón vuelve pegajosa la piel. El agua fresca o tibia, en forma de ducha o baño renovado, es el método más natural y mantiene el cuerpo más sano; sólo se requiere la cantidad de jabón necesaria para quitar la suciedad evidente, y luego enjuagarlo con agua fresca.

La limpieza interna depende de la alimentación, y deberíamos elegir alimentos limpios y completos, lo más frescos posible, principalmente frutas naturales, vegetales y frutos secos.

Desde luego habría que evitar la carne animal; primero porque provoca en el cuerpo veneno  físico; segundo, porque estimula un apetito excesivo; y tercero, porque implica crueldad con el mundo animal.

Debe tomarse mucho líquido para limpiar el cuerpo, como agua y vinos naturales y productos derivados directamente del almacén de la naturaleza, evitando las bebidas destiladas, más artificiales.

El sueño no debe ser excesivo, (…). El viejo dicho inglés <Cuando llega la hora de darse la vuelta, llega la hora de levantarse>.

Las ropas deberán ser ligeras, tan ligeras como permita el calor que den; deben permitir que el aire llegue hasta el cuerpo, y siempre que sea posible hay que exponer la piel a la luz del sol y el aire fresco. Los baños de agua y sol son grandes dadores de salud y vitalidad.

En todo hay que estimular la alegría, y no debemos permitir que nos opriman la duda y la depresión, sino que debemos recordar que eso no es propio de nosotros, pues nuestras alma sólo conocen la dicha y la felicidad.

         * * *

Queridos Lectores:

Después de varios meses, retomo Las Obras completas de  Bach en este penúltimo capítulo de “Cúrese usted mismo”.

Esta vez, Bach centra el texto en cómo cuidar nuestra mente y nuestro cuerpo para acercarnos a la armonía esencial que tanto anhelamos. Lejos de plantearnos grandes cambios  o acciones complejas, nos invita a tomar la responsabilidad de nuestra salud desde los principios más básicos del autocuidado. Nos remite de nuevo a la sencillez; el pilar de su obra.

En el libro “El arte de la felicidad” el Dalai Lama nos invita a meditar sobre la naturaleza de la mente y dice al respecto de la meditación:

         “Nos ayuda a detener deliberadamente los pensamientos y a permanecer gradualmente en ese estado durante un   tiempo cada vez más prolongado. Cuando se domina este ejercicio se llega a tener la sensación de que no hay nada, sólo vacío. Pero si se profundiza más, se empieza a reconocer la  naturaleza fundamental de la mente, sus cualidades de <claridad> y de <conocimiento>. Es como un vaso de cristal puro lleno de agua. Si el agua también es pura, se puede ver el fondo del vaso, aun sabiendo que el agua está ahí”.

Dedicar  una parte de nuestro tiempo, con constancia,  a estar en soledad,  quietud y silencio interior fomenta una actitud de vida consciente, conectada. 

Respecto al cuidado del cuerpo, Bach nos habla de los pilares básicos de la salud que contemplan la medicina y la enfermería naturista clásica: alimentación vegetariana,  hidroterapia, helioterapia,  actividad  física, descanso reparador, contacto con la naturaleza, relaciones personales que generen  plenitud y una actitud de vida despierta, consciente, comprometida y respetuosa.

Cuerpo y mente son Uno. De la  higiene del cuerpo depende la higiene de la mente, y viceversa;  se nutren mutuamente. El equilibrio cuerpo mente nos acerca a una vida respetuosa con nosotros mismos, coherente y en armonía con nuestro yo superior.

<Det tots els Colors>: Elena Lorente Guerrero.






LA CURACIÓN DESDE LA PERSPECTIVA DE EDWARD BACH. (VI)

13 12 2011

Obras completas del Doctor Edward Bach.


CÚRESE USTED MISMO

(Publicado por C.W.Daniel Co., 1931)

Una explicación de la causa real y de la curación de la enfermedad.

Capítulo seis

(…) “No tiene sentido ocuparse de los fracasos de la moderna ciencia médica, salvo dos excepciones; la destrucción es inútil si no levanta un edificio mejor, y como en medicina ya se han establecido las bases de un edificio más nuevo, concentrémonos en agregar una o dos piedras a ese templo. Tampoco sirve hoy una crítica adversa sobre el valor actual de la profesión; es el sistema lo que está profundamente equivocado, no los hombres, pues es un sistema donde el médico, tan sólo por razones económicas, no tiene tiempo para administrar un tratamiento tranquilo y pacífico, ni dispone del tiempo necesario para meditar y pensar cómo desarrollar la herencia de quienes dedican sus vidas a atender a los enfermos. (…)

Amanece sobre nosotros un nuevo y mejor arte de la curación. Hace cien años la homeopatía de Hahnemann fue el primer resplandor de la luz matutina después de una larga noche de tieneblas, y puede que desempeñe un gran papel en la medicina del futuro.

Además, la atención que se dedica actualmente a mejorar las condiciones de vida y establecer una dieta más pura y depurada es un avance hacia la prevención de la enfermerdad; y aquellos movimientos orientados a dar a conocer a la gente tanto la conexión entre los fracasos espirituales y la enfermedad como la curación que puede obtenerse por medio del perfeccionamiento de la mente, están abriendo el camino hacia la llegada de ese brillante amanecer cuya radiante luz hará desaparecer las oscuridades de la enfermedad.

Recordemos que la enfermedad es un enemigo común, y que cada uno de nosotros que conquiste un fragmento de ella está ayudándose no sólo a sí mismo sino también a toda la humanidad. Habrá que emplear una determinada, pero definitiva cantidad de energía antes de que su derrota sea completa; todos y cada uno de nosotros debemos esforzarnos para lograr este resultado, y aquellos que sean más grandes y fuertes tendrán no sólo que realizar su tarea, sino también ayudar a sus hermanos más débiles.

Como es natural, la primera forma de evitar que se extienda y aumente la enfermedad es dejar de cometer esas acciones que le dan más poder; la segunda, eliminar de nuestra naturaleza nuestros propios defectos. Una vez liberados, seremos libres para ayudar a los demás. Y no es tan difícil como pudiera parecer a primera vista; se espera que hagamos lo posible, y sabemos que esto es posible si cada uno de nosotros escucha los dictados de su alma. La vida no nos exige grandes sacrificios impensables: nos pide que efectuemos su recorrido con alegría en el corazón, y seamos una bendición para aquellos que nos rodean, de forma que si dejamos el mundo sólo una pizca mejor de lo que era antes de nuestra visita, hayamos cumplido nuestra misión.

(…) Las tareas de la vida, en todas sus ramas, desde la más baja hasta la más exaltada, deben ser realizadas, y el divino guía de nuestros destinos sabe en qué lugar colocarnos para realizarlas mejor; todo cuanto se espera que hagamos es cumplir bien y jubilosamente con ese cometido. Hay santos en las mesas de trabajo de la fábrica. (…) A nadie en esta tierra se le pide que haga más de lo que está a su alcance hacer, y si nos esforzamos por sacar lo mejor de nuestro interior, guiados siempre por el yo superior, se nos ofrecerá la posibilidad de lograr la salud y la felicidad.

Durante la mayor parte de los dos últimos milenios la civilización occidental ha pasado por una era de intenso materialismo, y se ha perdido en gran parte la conciencia de lado espiritual de nuetra naturaleza y la existencia, en una actitud mental que ha colocado a las posesiones mundanales, a las ambiciones, deseos y placeres por encima de las cosas reales de la vida. La verdadera razón de la existencia del ser humano en la tierra ha quedado ensombrecida por su ansiedad de obtener de su encarnación sólo bienes terrenales. (…)

La verdadera naturaleza de nuestro yo superior, el conocimiento de una vida previa y otra  posterior, aparte de la actual, ha significado muy poco, en lugar de ser la guía y el estímulo de cada una de nuestras acciones. Hemos tendido a rehuir las grandes cosas e intentado hacer la vida lo más cómoda posible, retirando lo suprafísico de nuestras mentes y dependiendo de los placeres terrenales para compensar nuestros esfuerzos. Así, la posición, el rango, la riqueza y las posesiones mundanales se han convertido en la meta de estos siglos; y como todas esas cosas son transitorias y sólo pueden obtenerse y conservarse a base de ansiedad y concentración sobre las cosas materiales, la verdadera paz interna y la felicidad de las generaciones pasadas han estado infinitamente por debajo de lo que corresponde al deber de la humanidad.

La verdadera paz de la mente y el alma está con nosotros cuando progresamos espiritualmente, y eso no puede obtenerse solamente con la acumulación de riquezas, por grandes que éstas sean.

Pero los tiempos están cambiando y hay muchas indicaciones de que la civilización ha comenzado a pasar de la era del puro materialismo al deseo de las realidades y verdades del universo.

El interés general y el rápido aumento que hoy se demuestra por el conocimiento de las verdades suprafísicas, el creciente número de quienes desean información sobre la existencia antes y después de la vida, el hallazgo de métodos para vencer la enfermedad por intermedio de la fe y técnicas espirituales, y la búsqueda de las antiguas enseñanzas y la sabiduría de Oriente, son signos de que la gente de hoy hay empezado a vislumbrar la realidad de las cosas.

Así, cuando llega el tema de la curación, se comprende que también éste tenga que ponerse a la altura de los tiempos y cambiar sus métodos apartándose del materialismo grosero y tendiendo hacia una ciencia fundada en las realidades de la verdad, y gobernada por las mismas leyes divinas que rigen nuestras naturalezas.

La curación pasará del dominio de los métodos físicos de tratamiento del cuerpo físico a la curación mental y espiritual que, al restablecer la armonía entre la mente y el alma, erradicará la auténtica causa de la enfermedad, y permitirá luego la utilización de medios físicos, si éstos fueran necesarios, para completar la curación del cuerpo.

Parece totalmente posible que, a menos que la profesión médica se dé cuenta de estos hechos y avance con el crecimiento espiritual del pueblo, el arte de la curación pasará a manos de las órdenes religiosas o a manos de los legítimos sanadores que existen en toda generación, pero que hasta ahora han vivido más o menos ignorados, impidiéndoseles seguir la llamada de su naturaleza ante la actitud de los ortodoxos.

Así pues, el médico del futuro tendrá dos finalidades principales en las que orientarse:

  • La primera será ayudar al paciente a alcanzar un conocimiento de sí mismo y señalarle los errores fundamentales que puede estar cometiendo, los defectos de su caracter que tenga que remediar, los defectos de su naturaleza que tenga que erradicar y sustituir por las virtudes correspondientes.

Semejante médico tendrá que haber estudiado profundamente las leyes que rigen a la humanidad y a la propia naturaleza humana, de forma que pueda reconocer en todos los que a el acuden, los elementos que causan el conflicto entre alma y personalidad. Tiene que poder aconsejar al paciente cómo restablecer la armonía requerida, qué acciones contra la unidad tiene que suspender y qué virtudes tiene que desarrollar necesariamente para limpiar sus defectos.

Cada caso requerirá un cuidadoso estudio, y sólo quienes hayan dedicado gran parte de su vida al conocimiento de la humanidad, y en cuyos corazones arda el deseo de ayudar, podrán emprender con éxito esta gloriosa y divina labor en pro de la humanidad: abrir los ojos al que padece e iluminarle sobre la razón de su existencia, inspirarle esperanza, consuelo y confianza que le permitan conquistar su enfermedad.

  • El segundo deber del médico será administrar los remedios que ayuden al cuerpo físico a recobrar fuerzas y permitan a la mente serenarse, ampliar su punto de vista y esforzarse en pos de la perfección, trayendo paz y armonía a toda la personalidad. Tales remedios se encuentran en la naturaleza, (…) algunos de éstos son conocidos y otros muchos son buscados actualmente por los médicos en diferentes partes del mundo, especialmente en nuestra madre la India, y no hay duda de que, cuando estas investigaciones se desarrollen más, recuperaremos gran parte de los conocimientos que se tenían hace dos mil años, y el sanador del futuro tendrá a su disposición los maravillosos remedios naturales, que fueron divinamente colocados para que el ser humano aliviara sus dolencias.

De este modo, la abolición de la enfermedad dependerá de que la humanidad descubra la verdad de las leyes inalterables de nuestro universo y de que se adapte con humildad y obediencia a estas leyes, trayendo así la paz entre su alma y su ser, y recobrando la verdadera alegría y felicidad de la vida.

Y la parte correspondiente al médico consistirá en ayudar al que sufre aconocer esa verdad, en indicarle los medios por los que podrá obtener la armonía, inspirarle con la fe en su divinidad que todo lo puede, y administrar remedios físicos que le ayuden a armonizar su personalidad y curar su cuerpo.”

***

Queridos Lectores:

Poco tengo que comentar de este capítulo de “Cúrese usted mismo”. Sigue  maravillándome la gran sensibilidad y clarividencia de Edward Bach…

El texto merece una lectura detenida para apreciar  los matices de algunos conceptos aparentemente simples… pero llenos de significado…

Los mejores deseos de salud y armonía para vuestras vidas,


<Det tots els Colors>: Elena Lorente Guerrero.





LA CURACIÓN DESDE LA PERSPECTIVA DE EDWARD BACH. (III)

10 01 2011

 Obras completas del Doctor Edward Bach.


CÚRESE USTED MISMO

(Publicado por C.W.Daniel Co., 1931)

Una explicación de la causa real y de la curación de la enfermedad


Capítulo tres:

“Lo que conocemos como enfermedad es la etapa terminal de un desorden mucho más profundo, y para asegurarse de un éxito completo en el tratamiento, es evidente que tratando sólo el resultado final éste no será completamente efectivo hasta que la causa básica sea eliminada. Hay un error primario que puede cometer el hombre, y es actuar contra la unidad; esto se origina en el egoísmo. Por eso también podemos decir que no hay más que una aflicción primaria: el malestar o la enfermedad.

Y como una acción contra la unidad puede ser dividida en varios tipos, también puede la enfermedad -el resultado de estas acciones- ser separada en varios grupos principales que corresponden a sus causas. La naturaleza misma de la enfermedad será una guía útil para asistir al descubrimiento del tipo de acción que debe emprenderse contra la divina ley del amor y la unidad.

Si tenemos en  nuestra naturaleza suficiente amor para todas las cosas, sólo podemos no hacer el mal; porque ese amor detendrá nuestra mano en cualquier acción, nuestra mente ante algún pensamiento que pueda herir a los demás. Pero aún no hemos alcanzado ese estado de perfección; si lo hubiéramos hecho, nuestra existencia aquí no tendría sentido. Pero todos nosotros buscamos ese estado y avanzamos hacia él, y aquellos de nosotros que sufren en la mente o el cuerpo están, por estos mismos sufrimientos, siendo conducidos hacia ese estado ideal; y con sólo aprender esta lección, no sólo aceleraríamos nuestro paso hacia esa meta, sino que también nos libraremos de la enfermedad y la angustia.

En cuanto entendemos la lección y el error es eliminado, ya no hay necesidad de la corrección, porque debemos recordar que ese sufrimiento en sí mismo es beneficioso, hasta el punto que nos informa cuando hemos tomado el camino equivocado y acelera nuestra evolución hacia su gloriosa perfección.

Las primeras enfermedades reales del hombre son defectos tales como el orgullo, la crueldad, el odio, el egoísmo, la ignorancia, la inestabilidad y la codicia; y cada uno de éstos, si los consideramos por separado, se verá que son adversos a la unidad. Tales defectos, ya que éstos son la enfermedad real (utilizando la palabra en su sentido moderno), y es la continuidad y la persistencia en esos defectos después de que hayamos alcanzado este estado de desarrollo en la que nos damos cuenta de que son inadecuados, lo que precipita en el cuerpo los resultados perjudiciales que conocemos como enfermedad.

El orgullo se debe, primeramente, a la carencia de reconocimiento de la pequeñez de la personalidad y a su total dependencia del alma, y en no advertir que todos los éxitos que pueda tener no son sino bendiciones otorgadas por la divinidad interior; en segundo lugar, la pérdida de sentido de la proporción, de la insignificancia de uno frente al esquema de la creación. Como el orgulloso rehúsa invariablemente a inclinarse con humildad y resignación ante la voluntad del gran Creador, comete acciones contrarias a esa voluntad.

La crueldad es la negación de la unidad del todo y una equivocación en comprender que cualquier acción adversa a otra es una oposición al todo, y por tanto una acción contra la unidad. Ningún hombre pondría en práctica sus efectos injuriosos contra sus seres cercanos o queridos, y por la ley de la unidad tenemos que crecer hasta que podamos comprender que todos, como parte de una totalidad, han de sernos queridos y cercanos, hasta que incluso quienes nos persiguen hagan surgir en nosotros sentimientos de amor y compasión.

El odio es lo contrario del amor, el reverso de la ley de la creación. Es contrario al esquema divino en su totalidad y una negación del Creador, pues sólo conduce a desarrollar acciones y pensamientos adversos a la unidad y opuestos a los dictados del amor.

 El egoísmo es también la negación de la unidad y de las obligaciones que debemos a nuestros hermanos los  hombres, anteponiendo sus intereses al bien de la humanidad y al cuidado y protección de quienes nos son más cercanos.

La ignorancia es el fracaso del aprendizaje, rehusar a ver la verdad cuando se nos ofrece la oportunidad, y conduce a muchos actos erróneos, como sólo pueden existir en la oscuridad y no son posibles cuando la luz de la verdad y el conocimiento nos rodea.

La inestabilidad, la indecisión y la debilidad aparecen cuando la personalidad rehúsa a dejarse regir por el ser superior, y nos lleva a traicionar a los demás por culpa de nuestra debilidad. Estas condiciones no serían posibles si tueviéramos en nosotros el conocimiento de la divinidad inconquistable e invencible que es nuestra realidad última.

La codicia lleva al deseo del poder. Es una negación de la libertad y la individualidad de cada alma. En lugar de reconocer que cada uno de nosotros está aquí para desarrollarse libremente en su propia línea, de acuerdo sólo a los dictados de su alma, para incrementar su individualidad, y para trabajar libremente y sin trabas, la personalidad codiciosa desea dictar, moldear y mandar, usurpando los poderes del Creador.

Estos son los ejemplos de la enfermedad real, el origen y las bases de todos nuestros sufrimientos y angustias. Cada uno de estos defectos, si persiste en ellos, contrariando la voz del yo superior, producirá un conflicto que necesariamente se reflejará en el cuerpo físico, produciendo sus propios y específicos tipos de enfermedad.

Ahora podemos ver cómo cualquier tipo de enfermedad que podamos sufrir nos llevará a descubrir el defecto que yace bajo nuestra aflicción

- Por ejemplo, el orgullo, que es arrogancia y rigidez de mente, dará lugar a esas enfermedades que producen la rigidez y el endurecimiento del cuerpo.  

- El dolor es el resultado de la crueldad, ya que el paciente aprende por medio de su sufrimiento personal a no infligirlo en los demás, desde un punto de vista físico y mental.

- Las penalidades del odio son la soledad, las cóleras violentas e incontrolables, los tormentos nerviosos y las condiciones de la histeria.

- Las enfermedades de la introspección -neurosis, y condiciones similares-, que privan a nuestra vida de tantas alegrías, están provocadas por un excesivo egoísmo.

- La ignorancia y la falta de sabiduría traen sus dificultades propias a la vida cotidiana, y además, si se produce una persistencia a negarse a ver la verdad cuando se nos brinda la oportunidad, la consecuencia es la miopía y el desgaste de la vista y el oído.  

- La inestabilidad de la mente conduce al cuerpo a la misma cualidad, con todos los distintos desórdenes que afectan al movimiento y la coordinación.

- El resultado de la codicia y el dominio de los demás son esas enfermedades que harán de quien las padece un esclavo de su propio cuerpo, con deseos y ambiciones frenados por la enfermedad.

Por otra parte, la propia parte del cuerpo afectada no es acciental, sino que concuerda con la ley de causa y efecto, y una vez más será una guía que nos ayudará:

Por ejemplo, el corazón, la fuente de la vida y por tanto de amor, se ve atacado cuando especialmente el lado amoroso de la naturaleza frente a la humanidad no se ha desarrollado o se ha utilizado erróneamente; una mano afectada denota una acción fallida o errónea; si está afectado el cerebro, que es el centro de control, esto indica falta de control personal. En cuanto se establece la ley, todo se acomoda a ésta.

Todos estamos dispuestos a admitir los muchos resultados que siguen a un estallido de violencia, al shock producido por una súbita mala noticia. Si asuntos tan triviales pueden afectar así al cuerpo, cuánto más graves y profundamente arraigados más prolongado será el conflicto entre el alma y el cuerpo,

¿cómo asombrarnos cuando el resultado produce padecimientos tan graves como las enfermedades que hoy nos afligen?


Sin embargo, no hay motivos para deprimirse. La prevención y cura de la enfermedad surge del descubrimiento de nuestros fallos interiores, y erradicando este defecto con el recto desarrollo de la virtud que tendrá que destruir; no combatiendo el mal, sino aportando un flujo tal de la virtud opuesta que quedará barrida de nuestras naturalezas.”


* * *


Queridos Lectores:

Dentro de las causas multifactoriales de la enfermedad, las emociones suelen estar relegadas a un segundo plano o incluso ni siquiera llegan a contemplarse como un factor determinante y/o detonante de la enfermedad o desequilibrio físico.

La psiconeuroendocrinoinmunología  es la ciencia que estudia la interconexión y la comunicación del sistema nervioso, el sistema endocrino y el sistema inmunológico. Cada emoción  tiene su propia  bioquímica, y la toxicidad de algunas emociones como el miedo, la rabia, la tristeza pueden favorecer el desequilibrio y finalmente, la enfermedad.

Del mismo modo, prestar atención a la simbología y al sentido de la enfermedad es imprescindible para avanzar en el proceso de curación. Lejos de vivirlo como un castigo o como una realidad limitante, comprender el “por qué” y el “para qué” de la enfermedad aporta luz, conocimiento y por tanto libertad.

Bach nos invita a prestar atención, a tomar conciencia de  la responsabilidad personal hacia nosotros mismos y hacia los demás.

Nos invita también a desarrollar las cualidades opuestas  a las manifestaciones del egoísmo para favorecer el bienestar, el equilibrio interior y poner en marcha los mecanismos propios de autocuración.

Deseo subrayar especialmente el último párrafo del capítulo ya que conecta con un enfoque de  la enfermedad  no basado en “luchar y combatir” sino en aportar las ayudas necesarias para que el organismo ponga en marcha mecanismos de depuración, desintoxicación y regeneración.  Cooperar vs combatir…

Un abrazo y los mejores deseos de Salud para vosotros,


<De tots els Colors>: Elena Lorente Guerrero.


Os recomiendo: http://www.lavanguardia.es/lacontra/20101229/54095622430/las-plantas-tienen-neuronas-son-seres-inteligentes.html







LA CURACIÓN DESDE LA PERSPECTIVA DE EDWARD BACH. (II)

7 12 2010

Obras completas del Doctor Edward Bach.


CÚRESE USTED MISMO

(Publicado por C.W.Daniel Co., 1931)

Una explicación de la causa real y de la curación de la enfermedad

 

Capítulo dos:

Para conocer la naturaleza de la enfermedad hay que conocer ciertas verdades fundamentales.

La primera de ellas es que el hombre tiene un alma que es su ser real; un ser divino y todopoderoso, del cual el cuerpo, aunque templo terrenal del alma, no es sino un minúsculo reflejo: que nuestra alma, nuestro divino ser que reside en y alrededor de nosotros, fundamentó nuestras vidas tal como deseaba que se ordenasen, y siempre y cuando lo permitamos, incluso nos guía, protege y anima, vigilante y benéfico nos conduce siempre en la mejor dirección, pues él, nuestro yo superior, es una chispa del Todopoderoso, y por tanto invencible e inmortal.


El segundo principio es que nosotros, tal y como nos conocemos en este mundo, somos personalidades colocadas aquí con el propósito de obtener todo el conomimiento y la experiencia que pueda obtenerse a través de la existencia terrenal, para desarrollar las virtudes de que carecemos y borrar todo lo erróneo de nuestro interior, avanzando así hacia la perfección de nuestra naturaleza. El alma sabe qué ambiente y qué circunstancias son las mejores para realizar esto, y por tanto nos ha colocado en esa rama de la vida más adecuada a ese propósito.

 

Tercero, debemos advertir que el corto pasaje por esta vida, que conocemos como vida, pero que es un momento en el curso de nuestra evolución, como un día escolar es a una vida, y aunque podemos hoy ver y comprender ese día, nuestra intuición nos dice que ese nacimiento estaba infinitamente lejos de nuestro principio y nuestra muerte infinitamente lejos de nuestro final. Nuestras almas, lo que en realidad somos, son inmortales, y los cuerpos de los que somos conscientes son temporales, algo así como caballos que cabalgamos en una jornada, o como instrumentos que utilizamos para hacer un trabajo determinado.

 

Luego viene todavía un cuarto principio, que en cuanto nuestra alma y personalidad estén en armonía, todo será paz y alegría, felicidad y salud. El conflicto surge cuando nuestras personalidades se apartan del sendero trazado por el alma, o bien por nuestros deseos mundanales o la persuasión de alguien. El conflicto es la raíz de la enfermedad y la infelicidad. No importa cuál es nuestro trabajo en el mundo -limpiabotas o monarca, terrateniente o campesino, rico o pobre-, todo irá bien mientras lo realicemos de acuerdo a los dictados de nuestra alma; y podemos además descansar en la seguridad de que cualquiera que sea la estación de la vida en la que estemos colocados, principesca o inferior, ésta contiene las lecciones y experiencias necesarias para ese momento de nuestra evolución, y nos proporciona las mejores ventajas para el desarrollo de nosotros mismos.

 

El siguiente gran principio es la comprensión de la unidad de todas las cosas: el Creador de todas las cosas es el Amor, y todo aquello de lo que tenemos conciencia es en su infinito número de formas una manifestación de ese Amor, ya sea un planeta o un guijarro, una estrella o una gota de rocío, un hombre o o la forma de vida más inferior. Es posible obtener un destello de esta concepción visualizando a nuestro Creador como un gran sol deslumbrante lleno de benevolencia y amor, de cuyo centro irradian un infinito número de rayos en toda dirección, y que nosotros y todos los que somos conscientes, somos partículas al final de estos rayos, enviadas para obtener experiencia y conocimiento, pero que ulteriormente retornarán al gran centro. Y aunque cada rayo nos pueda parecer separado y distinto, es en realidad parte del gran sol central. La separación es imposible, pues tan pronto como un rayo de luz se escinde de su fuente deja de existir. Así podemos comprender un poco de la imposibilidad de separación, ya que aunque cada rayo puede tener su individualidad, es no obstante parte del gran poder creativo central. Así, cualquier acción contra nosotros mismos o contra otro afecta a la totalidad, pues al causar una imperfección en una parte, ésta se refleja en el todo, y cada partícula deberá ulteriormente hacerse perfecta.

 

Así pues, vemos aquí dos grandes errores fundamentales posibles: la disociación entre nuestra alma y nuestra personalidad, y la crueldad o el error de los otros, pues éste es un pecado contra la unidad. Cualquiera de estas dos cosas producen un conflicto que conduce a la enfermedad. El comprender dónde estamos cometiendo el error – que con frecuencia no sabemos ver – y una decidida voluntad de corregir la falta nos conducirá, no sólo a una vida de paz y alegría, sino también a la salud.

 

La enfermedad es en sí misma benéfica, y tiene por objeto devolver la personalidad a la voluntad divina del alma, y así vemos que se puede prevenir y evitar, ya que si podemos advertir por nosotros mismos los errores que cometemos, y corregirlos por medios espirituales y mentales, no habría necesidad de las dolorosas lecciones del sufrimiento. El divino poder nos brinda todas las oportunidades de enmendar nuestras sendas antes de que, como último recurso, se apliquen el dolor y el sufrimiento. Puede que no sean los errores de esta vida, de este día escolar, los que estamos combatiendo; y aunque en nuestras mentes físicas no tengamos conciencia de la razón de nuestro sufrimiento, que nos puede parecer cruel y sin razón, sin embargo nuestras almas – que somos nosotros – conocen todo el propósito y nos guiarán hacia lo que sea mejor para nosotros. Sin embargo, la comprensión y corrección de nuestros errores acortará nuestra enfermedad y nos devolverá hacia la salud.

El conocimiento del propósito de nuestra alma y la aceptación de ese conocimiento significa el alivio de nuestras penas  y dolencias terrenales, y nos deja en libertad para desarrollar nuestra evolución en la alegría y en la felicidad.

 

Hay dos grandes errores: primero, dejar de  honrar y obedecer los dictados de nuestra alma y, segundo, actuar contra la unidad.

Respecto al primero, hay que dejar de juzgar a los demás, pues lo que es bueno para uno es malo para otro. El comerciante que trabaja para montar un gran negocio no sólo hace para beneficio suyo sino de todos aquellos a los que emplea, obteniendo así conocimiento de la eficiencia, control y desarrollo de las virtudes asociadas con cada uno, necesariamente tendrá que utilizar cualidades y virtudes diferentes de las de una enfermera, que sacrifica su vida en el cuidado del enfermo y, sin embargo ambos, obedeciendo los dictados de sus almas, aprenden adecuadamente las cualidades necesarias para su evolución. Lo que importa es obedecer los dictados de nuestra alma, de nuestro ser superior, que conocemos a través de la conciencia, el instinto y la intuición.

 

Así pues, vemos que, por sus mismos principios y en su misma esencia, la enfermedad puede ser prevenida y curada, y es labor de los sanadores espirituales y los médicos dar, además de los remedios materiales, el conocimiento de los sufrimientos provocados por los errores de sus vidas, decir a sus enfermos cómo pueden erradicarse esos errores, conduciendo así al enfermo de retorno a la salud y la alegría.”

 

Queridos Lectores:

Gracias por leer con atención el segundo capítulo de “Cúrese a usted mismo”.  Es un texto que me acompaña, que leo con frecuencia y cada vez invariablemente, me emociona y despierta el mismo sentimiento de certeza y conexión.

Mucho de lo que Bach plantea no es nuevo; no lo es actualmente y no lo es para las personas que nos sentimos afines a esta línea de pensamiento y  conocimiento. Pero no olvidemos que lo que resulta obvio para muchos de nosotros, suena extraño e imposible para otros…

Los planteamientos que propone:  <el Amor, el respeto a la Unidad y el Autoconocimiento son imprescindibles para Sanar> son un idioma desconocido para algunas personas y puede despertar diferentes sentimientos y respuestas: curiosidad e interés, negación, resistencia o indiferencia, …

Es necesario respetar todas las opiniones y posicionamientos, mostrarnos convencidos en lugar de intentar convencer…, aportar evidencias y respetar la libertad de elección del otro. En cada uno de nosotros resuenan los códigos afines a nuestro momento  y circunstancia vital. Respetar, acompañar y Amar por encima de las diferencias,  ayuda a hacer visibles las similitudes,  a convivir con respeto y armonía.

En breve, contaremos con el testimonio de Vicent Guillem, Doctor en Ciencias Químicas por la Universidad de Valencia. Vicent trabaja actualmente en el Servicio de Hematología y Oncología del Hospital Clínico Universitario de Valencia como investigador en la determinación de la predisposición genética al cáncer y en su tiempo libre se dedica a la práctica del reiki con fines terapéuticos, de forma gratuita y totalmente desinteresada. Es autor también del libro “Las leyes Espirituales”.

En su entrevista  nos hablará de la conexión entre emociones y enfermedad, sobre el Amor y la importancia de trascender el egoismo para poder avanzar como seres humanos, como seres espirituales, para vivir con Felicidad y Salud.

Muchas gracias por vuestra atención, y hasta pronto!

Los mejores deseos de Salud para vosotros,

<De tots els Colors>: Elena Lorente Guerrero.

Os recomiendo: http://www.lavanguardia.es/lacontra/20101229/54095622430/las-plantas-tienen-neuronas-son-seres-inteligentes.html

 








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