Martita quiere polvo de estrellas, por Maricruz Martínez Loredo

Es ésta una historia real que puede servir de ejemplo para darnos cuenta que, muchas veces, la mejor medicina la llevamos dentro.

Marta tenía once años cuando le diagnosticaron una insuficiencia renal. Seguramente, había nacido con alguna malformación que no había sido detectada a tiempo y ahora tenía poca solución. Llegó al hospital con su madre, después de un largo viaje, ya que vivía en una alejada zona fuera del pueblo donde se encontraba el hospital.

Su color pálido, a pesar de ser morena, sus ojitos y sus manos hinchadas eran muy evidentes y demostraban, a simple vista, lo que le estaba sucediendo. De modo que deciden ingresarla y colocarle el tratamiento correspondiente, pero pasaban los días y Martita no mejoraba. Su situación era cada vez más crítica. No había en esos momentos muchos recursos para solucionar su problema, no había servicio de Diálisis y ella empeoraba.

Su carácter tranquilo y dispuesto le ayudaba a soportar aquella situación, y su mamá no se separaba de ella y la atendía continuamente. No sabiendo ya qué hacer, y para darle ánimos, una enfermera le llevaba todos los días “polvito de estrellas”. Simplemente, sacaba de su bolso la polvera del maquillaje y, con aspavientos, se lo ponía a Martita en la cara, diciéndole:

–Anoche, cuando salieron las estrellas, les robé un poco de polvo para ponerlo en la cara de Martita. ¡Mira qué lindo te queda! ¿A que está muy linda? –y Martita, que se lo creía y no se lo creía…, se reía con aquella ocurrencia y se divertía un ratito– Además –continuaba la enfermera–, esto le va muy bien a las niñas que están mal de los riñones, ¿a qué te sientes mejor? –y, desde luego, Martita decía que sí.

Un día, aquella enfermera no fue a su trabajo y Martita comenzó a sentirse peor. Le costaba respirar más que otros días: algo no iba bien. Fue sintiéndose cada vez peor y comenzó a pedir su “polvo de estrellas”. Durante mucho tiempo, aquella enfermera la visitaba todos los días, pero aquel día no aparecía. Martita se puso a llorar, ella no estaba bien y su polvo de estrellas no llegaba. Su madre la abrazaba y trataba de consolarla, pero no había manera.

Le colocaron una mascarilla de oxígeno porque casi no podía respirar. Pasó así toda la noche, intentando respirar y reclamando su polvo de estrellas. A la mañana siguiente, Martita estaba muy desmejoraba, apenas abría los ojos y no le quedaban ya fuerzas, estaba agotada por el esfuerzo de intentar respirar, y entonces llegó la enfermera. Martita, al escucharla, abrió los ojos y, con un hilo de voz, pidió:

–¡El polvo de estrellas!

A la enfermera se le llenaron los ojos de lágrimas, porque enseguida comprendió la situación. Corrió hasta su bolso, sacó la pequeña polvera que un día le regalaran para el Día de la Madre, fue rápido junto a Martita y le colocó en la carita su polvo de estrellas. Martita sonrió y… se convirtió en un angelito.

Allí quedó en su camita, con la carita hinchada por su enfermedad y maquillada con su polvito de estrellas….

Aquella enfermera no podía hacer nada para que Martita recuperara la salud, pero sí pudo hacer algo muy importante: acompañarla en la salida de este mundo para que lo hiciera con serenidad, porque eso sí estaba en sus manos.

La verdadera magia la llevamos dentro, en algún rincón del corazón. Tendremos a nuestra disposición muchos remedios, medicamentos y tratamientos, pero la verdadera alegría interior que hace florecer desde dentro, sólo es posible de corazón a corazón.

De “Cuentos para mis pacientes”; libro “CUIDANDO VIDAS

Maricruz Martínez Loredo

Enfermera

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