Jardinería, demencia y una mirada azul aguamarina

De tots els Colors- Bringing Colour to NursingLlevaba tres días en la residencia y seguía perdido. Solo faltaban 4 días más, ¡y a casa! Toda una eternidad para alguien con demencia. 74 años, alto, fuerte, de complexión delgada, Juan tenía las manos curtidas de tanto trabajar al aire libre y unos ojazos preciosos de color azul aguamarina.

A simple vista, nadie hubiera sospechado que  hacía pocos meses había sido diagnosticado de demencia. Pero día a día, insidiosamente, la sombra iba ganando terreno enredándole la mente, nublando su pasado, implacable con el presente. Su mujer, de la misma edad y cuidadora a tiempo completo, se había tomado una semana de descanso que bien necesitaba.

Los días trascurrían para Juan sin un minuto de paz. Se levantaba de la silla a cada momento como aguijoneado por un enjambre de avispas. Caminaba sin rumbo ni propósito por los laberintos de aquel edificio.  Con frecuencia le caían unas lágrimas gruesas y cristalinas, entonces sí, era el único momento en el que se sentaba en la primera silla que encontraba, cabizbajo, derrotado, las manos en la cabeza preguntando al primero que pasaba que por qué le había abandonado su mujer, que él sólo quería volver a casa.

Solía dormir bien, de un tirón, la única tregua que le daba esa compañera infatigable. Pero por algún motivo esa noche no podía conciliar el sueño. Salió al pasillo, confundido, más perdido que nunca. Ahí lo encontró ella, apoyado en la pared, cagado de miedo.

Sorprendido, aliviado, aún desconcertado dejó que aquella extraña le guiara. Ya en la habitación Juan se sentó en la cama, triste, derrotado, ladeando la cabeza como buscando una explicación. Otra vez ese llanto grueso, cristalino, inconsolable y la eterna pregunta:

– ¿Por qué me ha abandonado mi mujer? Yo sólo quiero volver a casa. –

De nada serviría explicarle que su mujer le ama, y que en cuatro días estaría con ella. No podía retener esa información.

– ¿Te apetece un té? – Le preguntó la desconocida sentada a su lado.

La pregunta le pilló por sorpresa.

– Sí… – contestó.

Y compartiendo una taza de té, se le ocurrió una manera de ayudar a Juan. Había sido jardinero toda su vida, seguro que conectar con quien fue, con lo que amaba funcionaría.

– Juan, necesito tu consejo. Tengo un pequeño jardín y me gustaría plantar algunos bulbos, pero no tengo ni idea sobre eso. – Le dijo.

Por fin un cambio en su postura y un atisbo de luz en la mirada. Y así, sin más, Juan le empezó a explicar el cómo, cuándo y dónde de los bulbos. La sombra de la demencia, incansable, intentó jugarle una mala pasada cuando Juan se dio cuenta de que no podía recordar ni en qué jardines, ni para que familias había trabajado. Pero esta vez, ella fue más rápida que la sombra.

– Oye Juan, aquí tenemos un jardín enorme, precioso, pero que necesita un ojo experto. El invierno ha sido duro y nos vendría bien tu consejo para que vuelva a florecer en primavera.  Mañana nos espera un día de mucho trabajo ahí fuera.  ¿Qué tal si te acuestas ahora y descansas un poco?–  Le preguntó.

Juan asintió con la cabeza mientras el brillante azul aguamarina volvía a inundarle la mirada y ella le ayudaba a desnudarse y acostarse. Sentada a su lado sostuvo su mano, y le puso la otra sobre el pecho sonriendo, transmitiéndole paz, deseándole que descansara.

Consiguió dormirse, y no volvió a despertarse en toda la noche. Juan ganó la partida.

Elena Lorente Guerrero

 

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