Próxima estación, #humaniza

De tots els Colors- Bringing Colour to NursingDe pequeña solía viajar en metro con mi padre. Me fascinaba ir en el primer vagón. Casi de puntillas, con la nariz pegada al cristal junto a la cabina del conductor, hacía todo el trayecto atenta a la vía. Mi padre siempre se ponía detrás de mi pendiente de que no me fuera al suelo en el primer vaivén. Cuando no había suerte y aquel rincón estaba ocupado, si había algún asiento libre, nos sentábamos cogidos de la mano. Yo no callaba en todo el trayecto, mi padre me escuchaba cariñoso y atento.

Agustín, mi padre, me enseñó con su ejemplo. Era rara la vez que conseguía acabar el trayecto sentado porque siempre había ocasión para levantarse y ceder el asiento. Así fue como mi padre me enseñó a estar atenta, a ser respetuosa y amable.

Cuando se hizo mayor y los demás empezaron a cederle su asiento, mi padre todavía se sentía  capaz de aguantar de pie. Fueron pocas las ocasiones en las que aceptó el ofrecimiento, y nunca viniendo de una mujer. Para los hombres de su generación eso hubiera sido de lo más descortés. Además, en el fondo, le hería un poco… Todavía no, ya llegará…

Hace poco mi padre me regaló un “momento metro” precioso. Recuerdo la fecha porque es de las que no se olvidan. Era jueves, 26 de mayo de 2016, sobre las 8 de la mañana e iba sentada camino de las II Jornadas de Humanización de los Cuidados Intensivos #2JHUCI. Estación a estación el vagón se fue llenando de gente desconocida, la mayoría de ellos con la mirada pegada a una pantalla, y los menos a la página de un libro.

En una de las estaciones subió un señor rozando los 80 años, elegante. Se activó el resorte invisible y antes de darme cuenta ya estaba de pie ofreciéndole mi asiento. Me contestó muy amable, con una sonrisa, dándome las gracias y diciéndome que de ninguna manera permitiría que una mujer joven le cediera su asiento, que aún estaba en forma.

Sonriéndole contesté: “Me recuerda usted a mi padre” y ¿sabe qué? que si usted no se sienta, yo tampoco”.

Me sonrió también y de ese modo se inició una conversación natural, preciosa entre dos desconocidos. Me contó que vivía en Canadá, emigró siendo muy joven y allí había vivido toda su vida. Se casó y tuvo hijos. Me contó sobre la vida allí y que había venido a Barcelona para pasar una semana visitando a la poca familia y amigos que le quedan.

Le conté un poco sobre mí y la vida en Escocia, y nos pareció una curiosa coincidencia que los dos estuviéramos de visita en Barcelona en el mismo momento. Me contó también que le hubiera gustado venir con su mujer, pero tiene demencia, y un viaje así era impensable. No le gusta dejarla sola, aunque por supuesto va a estar bien cuidada. Pero hacía tiempo que él necesitaba unos días de descanso y con 80 años no tendría muchas más oportunidades de volver a su Barcelona natal. Contento pero también añorado, aquí estaba.

Me dijo que todo el mundo le aconsejaba que llevara a su mujer a una residencia porque cuidarla era mucho trabajo para él, pero que no tenía ninguna intención de hacerlo. “Hemos vivido toda la vida juntos, la conozco como nadie ¿Quién la podría cuidar como yo? Me ayudan, claro,  estaremos en casa, los dos juntos, hasta el final”.

En ese punto ya nos habíamos bajado del metro. Hubiéramos seguido hablando pero nuestros caminos se separaban allí. Nos miramos a los ojos y reconocí en su mirada la dulzura verde azulada de mi padre. Nos despedimos con una sonrisa, un apretón de manos, y una presentación formal: “Per cert… em dic Emili”. Nos deseamos una feliz estancia en Barcelona. Le di las gracias por la conversación, y le mostré mi admiración por su amor leal y verdadero hacia su esposa.

Seguí mi camino conmovida, emocionada por la magia de un encuentro fugaz, inesperado y humano. Conforme iba avanzando por el pasillo mi corazón sonreía. Gracias por este trayecto juntos, papá!

La amabilidad y la “H” están en todas partes, incluso en las más inesperadas. Vivir con “H” nos transforma, nos mejora.

De esta manera tan sencilla y tan humana empezó el primer día de un encuentro maravilloso, de una historia de amor interminable que guardo para siempre en la memoria del corazón

Abrazos,

Elena Lorente Guerrero

 

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