Tecnologías de acercamiento y cuidados, un muro invisible en la relación terapéutica

Hablemos más y fabulemos menos es el titular del artículo que hoy publica La Vanguardia sobre los efectos de la tecnología en los jóvenes y en la sociedad. Una reflexión magnífica en la que me apoyo para presentar el escenario con el que me me estoy encontrando como enfermera.

Doy por hecho que el uso del móvil por parte de las personas hospitalizadas puede ser una herramienta positiva en muchos aspectos, incluído por supuesto, que  “acerca” a familiares y amigos. Dejo de lado en esta reflexión el impacto en la recuperación de la salud del uso constante del móvil y la ansiedad que genera. Me voy a centrar únicamente en cómo la omnipresencia del teléfono móvil interfiere y afecta en la comunicación enfermera-enfermo (persona ingresada), en la interacción y en la relación terapéutica.

Lo que observo es que el móvil deja de ser una herramienta para convertirse en un apéndice más del cuerpo. Cada vez son más las personas que durante su ingreso usan el móvil de forma compulsiva, constantemente pendientes de lo que está pasando en las redes, visualizando videos, películas, chateando, sin prácticamente un momento de descanso, ni siquiera mientras comen.

Aquello de que dos son compañía y tres son multitud parece cumplirse con el móvil. Acercarte por la mañana a uno de los enfermos, darle los buenos días con una sonrisa y con la intención de interesarte sobre cómo ha pasado la noche, cómo se encuentra esta mañana y que tras varios segundos interminables mirando la pantalla por fin levante la vista y te conteste con un distraído “buenos días, bien” para volver a fijar de nuevo la vista en el teléfono.

La cura de una herida, o administrar una medicación endovenosa, como toda intervención, require de un tiempo que es muy valioso para la observación e interacción con el enfermo, para conocer mejor a la persona que cuidas. Ese tiempo le pertenece  a la persona ingresada y merece ser respetado y atendido.  Sin embargo, la realidad es que siguen conectados al móvil, incluso teniendo que optar por posturas difíciles e incómodas, e ignorando a la enfermera que les está cuidando. Intentas iniciar una conversación agradable e informal, nada trascendente en ese momento y la sensación es de que interrumpes, molestas. En ocasiones ni siquiera oyen cuando preguntas “¿Siente alguna molestia o dolor?”

Es cierto que podemos poner en práctica estrategias comunicativas que favorecen la atención, aunque ninguna da resultado si para esa persona lo que ocurre más allá de la pantalla parece ser más fascinante y estimulante que la oportunidad de ser escuchado, y de sentirse único, importante y valorado.

Los sentimientos que me invaden son varios y confluyen todos a la vez, tristeza, vacío, impotencia, una gran soledad y la sensación de ser una mera ejecutora de tareas y no una persona que cuida a otra persona.

Respecto a los familiares que acompañanan al enfermo, son bienvenidos a estar presentes siempre que la persona ingresada así lo desee. Comprendo que quieran aprovechar ese tiempo  para ir al baño, salir a tomar el aire, o incluso facilitar que su ser querido tenga la oportunidad de hablar a solas con la profesional que le cuida. Pero lo que constato es que ese momento del cuidado lo aprovechan para seguir enganchados a su pantalla, muy cerca de lo que pasa fuera, y totalmente alejados y aislados de lo que está ocurriendo ahí mismo, en ese preciso instante.

Llama la atención también como los familiares y amigos que acompañan a la persona ingresada tampoco interactúan con ella, cada uno está sumergido en la pantalla de su móvil, sin apenas hablar salvo para comentar algo que han visto o leído.

 

Todo cambia, también la forma de relacionarnos y es cierto que debemos adaptarnos a ello. Aunque también es fundamental ser reflexivos y críticos. No estamos hablando de una cena de amigos en la que todos tienen el móvil encima de la mesa y hablan entre ellos mirando a la pantalla y no a los ojos, sin escucharse. Hablan, no conversan. Lo cuál es tan triste y habitual, que ni nos planteamos que es una falta de respecto y de educación. Se ha normalizado.

¿Debemos normalizarlo en la estancia hospitalaria? ¿Dónde queda la presencia, la atención, la intención, el momento del cuidado? ¿Qué ocurre con la comunicación básica, sin mencionar ya la terapeútica? ¿Y con la relación terapéutica, la relación de ayuda? Estos elementos centrales del cuidado se diluyen, se pierden. Si no hay tiempo, ni espacio para ellos, si el paciente no los valora ni los reclama como  parte fundamental de su cuidado, corremos el riesgo de que se olviden, se pierdan y dejen de existir.

¿Cómo hacer frente a estos nuevos retos? Ojalá tuviera respuestas porque desde luego lo que si necesitamos son soluciones constructivas y adaptativas basadas en el respeto, la ética y los derechos de las personas (pacientes). Vuestra participación y comentarios son bienvenidos.

Las enfermeras no podemos ser invisibles para los enfermos. La parte intangible, esencial, la excelencia en el cuidado, es lo que marca la diferencia dejando una huella invisible, intangible, y perdurable en las personas a quienes cuidamos y en nosotros también.

Me pregunto si será que nos está tocando vivir en la propia piel la soledad del paciente ignorado durante los momentos del cuidado. Algo que aunque no nos guste aceptar, todavía sigue siendo una realidad.

Elena Lorente Guerrero

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Lecturas recomendadas:

Durán Escribano, M. La intimidad del cuidado y el cuidado de la intimidad, una reflexión desde la ética. Revista ROL de enfermería, Vol. 22, Nº 4, 1999, págs. 303-308

Subirana Casacuberta, M,  Guillaumet i Olives, M, Fargues i García, I, Bros i Serra, M. Un café con Watson. Metas de enfermería,  Vol. 8, Nº. 2, 2005, págs. 28-32

 

 

 

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Un comentario

  1. En 1964 Simon and Garfunkel, en su archifamosa canción The Sound of Silence vaticinaban:

    “Diez mil personas, quizás más /Gente hablando sin hablar / La gente escucha sin escuchar.
    Personas que escriben canciones que las voces nunca comparten.
    Nadie se atrevió / a Perturbar el sonido del silencio / (sólo) “Los tontos” dije yo, “Usted no sabe
    El silencio como un cáncer crece.

    Escucha mis palabras para que pueda enseñarte / Toma mis brazos para que pueda alcanzarte ”
    Pero mis palabras como silenciosas gotas de lluvia cayeron.
    E hizo eco en los pozos del silencio.
    Y la gente se inclinó y oró / Al dios neón que hicieron.

    Muchos psicólogos y psiquiatras advirtieron que esta canción era premonitoria de los tiempos que corrían entonces en los EEUU, y de los que vendrían después por todo el planeta.

    El siglo XX ha sido caracterizado por alguien como “el siglo de la superficialidad”. Eso lleva a banalizar todas las cosas, incluidas las relaciones humanas, olvidando que el ser humano fue diseñado para las relaciones interpersonales. Y las nuevas tecnologías a las que alude el post de hoy lo facilitan enormemente.

    Otra consecuencia de la superficialidad es la cosificación de las personas: no se profundiza en la riqueza inmensa del ser humano. La pérdida de la conciencia de los valores humanos propicia que el materialismo los reemplace, y crezca como la hierba.

    Como el hombre no ha querido tener en cuenta lo trascendente de su existencia, habiendo sido creado para una relación personal con su Creador, y por otro lado con sus congéneres, ha llegado a estar (y sentirse) vacío. Eso trata de paliarlo con una distracción permanente. Con las relaciones virtuales (que no reales), fáciles y sin compromiso, se trata de suplantar a las relaciones reales, como con un sucedáneo.

    Todo eso vuelve al ser humano menos humano, y más “de plástico” (cosificable); menos reflexivo, y más manejable; menos auténtico, y más pobre. Y, porque nada puede reemplazar a otro ser humano, ni sustituir una relación interpersonal (fundamentalmente, el diálogo, y las interacciones directas) con una virtual, se ha vuelto menos feliz, y más insatisfecho y miserable. Más solo y desgraciado.

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