Hay personas que tocan nuestra mirada y nos descubren el punto exacto de enfoque

EL TEMPS

No més incerta de tan vehement

la sorpresa amb què aculls la llum que esclata

rera el mirall opac i els cortinatges

angoixants i feixucs d’aquest llarg temps de prova.

És així com la vida expressa el seu

misteri i en referma la bellesa.

L’entreteixit del temps no mostra cap

fissura, flueix sempre, ineluctable.

Tot és perfecte i just dins el seu àmbit.

MIQUEL MARTÍ I POL

* * *

Hace ya casi un año. Los recuerdos y el cariño permanecen intactos. Este post, en memoria de Elisabeth, estaba pendiente.

Tras un goteo de minutos, horas, días y largos meses que sumaron años, Elisabeth liberó su Alma de la prisión en la que se había convertido su cuerpo. Y lo hizo con la misma discreción con la que vivió el último capítulo de su vida atrapada en la densa red de la demencia.

Después….. silencio,  una sonrisa de paz, de reconciliación con la vida y esa imagen tan hermosa que nos legó E.Kübler-Ross: la mariposa que una vez liberada de la crisálida, deja atrás el sufrimiento y vuela libre, completa, sana.

Hay personas que tocan nuestra mirada y nos descubren el punto exacto desde donde enfocar para ser capaces de ver con nitidez lo que aparentemente es un plano borroso.  Elisabeth además de tocarnos, se entregó completa e incondicionalmente. Su voluntad, su dignidad estaban en manos de los demás. Así de simple, así de crudo.

Poco a poco, uno a uno, se fueron desconectando los  cables verbales y no verbales que le permitían comunicarse; con la crueldad añadida de que entendía perfectamente todo lo que ocurría a su alrededor. Su cuerpo se convirtió en un muñeco de trapo, inexpresivo, incapaz de sostenerse por si mismo, ni de controlar el más mínimo movimiento. Llegamos a conocerla tan bien que aprendimos a descifrar los códigos al principio y sencillamente a intuir hacia el final, si tenía sed, si tenía hambre, si sentía picor o dolor, si tenía frío o calor, si estaba triste o tenía miedo.

Así transcurrieron los últimos meses de su vida, literalmente en manos de los demás, 24 horas al día, día tras día, sin más opción ni alternativa que la de abrir su corazón y confiar. En muchas ocasiones, su confianza debió ir acompañada de una gran comprensión y aceptación bondadosa y generosa de todos los que tuvimos el privilegio de conocerla y cuidarla.

Depositó en nosotros su vida y su dignidad. Dependía de nosotros ser merecedores de ese regalo, de esa gran responsabilidad que nos obligaba, como un aguijón, a reflexionar y a revisar continuamente nuestra relación con ella y los cuidados.

Los maestros se presentan en la vida bajo los disfraces más insospechados, aquellos que con toda seguridad les hacen pasar fácilmente desapercibidos. Y así, sin más, nos enseñan la primera lección de todas: estar atentos.

Entre otras muchas cosas, el Amor fue el camino para cuidar a Elisabeth. Y sin lugar a dudas, el Amor fue su respuesta.

GRACIAS

“La lección final es aprender a amar y a ser amados incondicionalmente”. E. Kübler-Ross

Abrazos,

Elena Lorente Guerrero

 

 

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Viaje al Hara

Estaban de tertulia. Todos se habían retirado de la mesa después de cenar, en cambio ellas seguían conversando agradablemente, como viejas amigas.

Acababan de conocerse, y así, como si nada se fueron poniendo al día sobre sus respectivas vidas. Ana, de 74 años, le contaba a Carmen sobre los buenos tiempos, cuando regentaba una peluquería. ¡Le encantaba su trabajo! Peluquería y belleza habían sido su mundo, y lo seguían siendo, ¡Sólo había que verla! El cabello y el rostro impecables. Y es que además no podía evitarlo, de manera casi inconsciente ya había tomado las manos de Carmen entre las suyas y aplicado crema hidratante. Le estaba dando un masaje que con sólo mirar, relajaba.

¡Qué gusto contemplar a aquellas dos mujeres! alegres, riendo, llenas de vida envueltas en una atmósfera de cariño y complicidad. Nadie hubiera sospechado que Ana está en la etapa inicial de la enfermedad de Alzheimer, ni que Carmen, a sus 90 años, acaba de superar un ictus y aunque está estupenda, a menudo se despista, se desorienta, se le olvidan las cosas. Eso sí, ambas aparentan diez años menos tanto por su aspecto físico como por sus ganas de vivir.

 Y así de felices estaban cuando Carmen, emocionada, agradeció el masaje. Ana miró con nuevos ojos aquellas manos viendo entonces las huellas del paso del tiempo, suspiró y levantando la vista le preguntó:

          – ¿Qué edad tienes querida?

          – Pues ya son 90 si no me equivoco. Tengo 90 ¿verdad?Preguntó en voz alta.

Y lo que pude presenciar en aquel preciso instante fue absolutamente maravilloso. Ana rebosaba amor, seguía mirando a Carmen, ahora con gran ternura. Dejó de masajear las manos para simplemente sostenerlas entre las suyas de manera compasiva. Debía sentirse la adolescente de la familia, ¡y con razón!

Lo siguiente fue levantarse de la silla, invitando a Carmen a hacerlo también, y cuando las dos estuvieron frente a frente espontáneamente se fundieron en uno de los abrazos más tiernos y amorosos que he visto en mi vida. El amor inundó la sala, nos traspasó a todos. Se paró el tiempo.

Al cabo de poco aún emocionadas, se despidieron deseándose felices sueños. Ana se fue a su habitación y Carmen se quedó un rato más en la sala de estar interesándose por todos los ancianos, uno a uno, como acostumbra. Os aseguro que el modo en que se dirige e interactúa con ellos es digno de la mejor formación en acompañamiento y relación de ayuda.

Lo primero que hace es acercar su silla para sentarse junto a la persona a la que se va a dirigir, justo en el ángulo perfecto que le permite estar junto a ella mirándole a los ojos. Pide permiso, y se sienta a su lado inclinando ligeramente el cuerpo hacia adelante, mostrando interés. Lo siguiente es un saludo con una sonrisa amplia y cálida, toma una mano entra las suyas y pregunta:

  • Hola querida ¿Cómo estás? ¿Necesitas algo?

Les escucha, se desvive por atenderlos, acerca un vaso de agua a quien lo pide, da conversación, un beso, o presencia y compañía con una atención y un cariño que emocionan. Y así lo hace exactamente con todos, feliz, generosa, entregada, dándose y llenándose con cada uno de ellos. Sin duda, ese debe ser su secreto para haber llegado a unos espléndidos 90.

Queridos amigos, estas dos hadas buenas nos traen este breve cuento que no por real está exento de moraleja:

  • La actitud empática, la compasión, el amor no nacen de la mente sino del corazón.
  • El amor y la compasión nos liberan de la esclavitud del ego, de sus exigencias, de sus trampas, del ensimismamiento. A través del amor y de la compasión el ego se pone a nuestro servicio para manifestar y desarrollar nuestra verdadera esencia.
  • Estar centrados, en nuestro centro,  en el Ser, no tiene que ver con la cabeza, ni con la cognición, ni con el pensamiento. Estar centrado está relacionado con lo que los japoneses denominan Hara, nuestro vientre, el lugar de donde brotan la vitalidad, la fuerza, la energía, la estabilidad, el equilibrio y la presencia.
  • Necesitamos estar centrados para ser amorosos y compasivos, lo mismo que necesitamos cultivar el amor y la compasión para estar centrados.
  • La mejor herramienta para bajar de la cabeza al vientre es la respiración. Permanecer atentos a la inhalación y a la exhalación, al vientre que expande y se contrae nos ancla, nos centra, nos reconecta. Por algo será que la vida no se gesta en la cabeza sino en el vientre.

Abrazos,

Elena Lorente Guerrero

Lo que el cerebro olvida, el corazón lo recuerda

“Atura el temps si pots, i si no pots
atura’t tu i aprofita el silenci
per escoltar la veu que et representa.”
Miquel Martí i Pol, Quietud perduda

De tots els Colors- Bringing Colour to NursingExiste un momento terrible para las personas con demencia, ese en el que de repente no saben dónde están, ni que están haciendo aquí. “¿Es este un centro de salud mental? Siento como si me acabara de despertar, alguien me ha puesto aquí y no sé dónde estoy ni que hago aquí.” Me dijo uno de los residentes hace poco. Me recordó la inquietante película “Cube”, con la diferencia de que no hay escapatoria a la demencia, ni se pueden detener las puertas que se cierran para siempre.

Un día después, ya de noche, otro residente apareció cubierto en capas de ropa sobre el pijama dispuesto a salir para coger el tren que le llevaría directo a casa. “¿Dónde estoy? ¿Qué hago yo aquí?” Lamentablemente esta experiencia tan frustrante se repite a menudo y parte el alma ver el pánico en los ojos, la fragilidad expuesta de par en par.

Las explicaciones sirven de poco, generalmente sólo hacen que entren en un bucle de preguntas y respuestas cada vez más complicadas de entender. Lo que sí comprenden perfectamente es el estado de presencia plena, la actitud calmada, relajada, abierta y sincera. Eso es lo mejor que les podemos ofrecer.

Me he dado cuenta de que las personas con demencia desarrollan una gran sensibilidad e intuición. Saben perfectamente si eres sincero o no, si pueden confiar, si van a estar a salvo. Hay mucha emotividad en ellos, labilidad emocional es el término correcto, pero me pregunto si no será que a medida que van cayendo las barreras mentales, las protecciones que han ido construyendo a lo largo de los años para hacer frente a la vida, se va abriendo un espacio donde las emociones y los sentimientos encuentran vía libre para mostrarse, y así conforme el cerebro olvida, el corazón recuerda….

demencia

Abrazos,

Elena Lorente Guerrero

Próxima estación, #humaniza

De tots els Colors- Bringing Colour to NursingDe pequeña solía viajar en metro con mi padre. Me fascinaba ir en el primer vagón. Casi de puntillas, con la nariz pegada al cristal junto a la cabina del conductor, hacía todo el trayecto atenta a la vía. Mi padre siempre se ponía detrás de mi pendiente de que no me fuera al suelo en el primer vaivén. Cuando no había suerte y aquel rincón estaba ocupado, si había algún asiento libre, nos sentábamos cogidos de la mano. Yo no callaba en todo el trayecto, mi padre me escuchaba cariñoso y atento.

Agustín, mi padre, me enseñó con su ejemplo. Era rara la vez que conseguía acabar el trayecto sentado porque siempre había ocasión para levantarse y ceder el asiento. Así fue como mi padre me enseñó a estar atenta, a ser respetuosa y amable.

Cuando se hizo mayor y los demás empezaron a cederle su asiento, mi padre todavía se sentía  capaz de aguantar de pie. Fueron pocas las ocasiones en las que aceptó el ofrecimiento, y nunca viniendo de una mujer. Para los hombres de su generación eso hubiera sido de lo más descortés. Además, en el fondo, le hería un poco… Todavía no, ya llegará…

Hace poco mi padre me regaló un “momento metro” precioso. Recuerdo la fecha porque es de las que no se olvidan. Era jueves, 26 de mayo de 2016, sobre las 8 de la mañana e iba sentada camino de las II Jornadas de Humanización de los Cuidados Intensivos #2JHUCI. Estación a estación el vagón se fue llenando de gente desconocida, la mayoría de ellos con la mirada pegada a una pantalla, y los menos a la página de un libro.

En una de las estaciones subió un señor rozando los 80 años, elegante. Se activó el resorte invisible y antes de darme cuenta ya estaba de pie ofreciéndole mi asiento. Me contestó muy amable, con una sonrisa, dándome las gracias y diciéndome que de ninguna manera permitiría que una mujer joven le cediera su asiento, que aún estaba en forma.

Sonriéndole contesté: “Me recuerda usted a mi padre” y ¿sabe qué? que si usted no se sienta, yo tampoco”.

Me sonrió también y de ese modo se inició una conversación natural, preciosa entre dos desconocidos. Me contó que vivía en Canadá, emigró siendo muy joven y allí había vivido toda su vida. Se casó y tuvo hijos. Me contó sobre la vida allí y que había venido a Barcelona para pasar una semana visitando a la poca familia y amigos que le quedan.

Le conté un poco sobre mí y la vida en Escocia, y nos pareció una curiosa coincidencia que los dos estuviéramos de visita en Barcelona en el mismo momento. Me contó también que le hubiera gustado venir con su mujer, pero tiene demencia, y un viaje así era impensable. No le gusta dejarla sola, aunque por supuesto va a estar bien cuidada. Pero hacía tiempo que él necesitaba unos días de descanso y con 80 años no tendría muchas más oportunidades de volver a su Barcelona natal. Contento pero también añorado, aquí estaba.

Me dijo que todo el mundo le aconsejaba que llevara a su mujer a una residencia porque cuidarla era mucho trabajo para él, pero que no tenía ninguna intención de hacerlo. “Hemos vivido toda la vida juntos, la conozco como nadie ¿Quién la podría cuidar como yo? Me ayudan, claro,  estaremos en casa, los dos juntos, hasta el final”.

En ese punto ya nos habíamos bajado del metro. Hubiéramos seguido hablando pero nuestros caminos se separaban allí. Nos miramos a los ojos y reconocí en su mirada la dulzura verde azulada de mi padre. Nos despedimos con una sonrisa, un apretón de manos, y una presentación formal: “Per cert… em dic Emili”. Nos deseamos una feliz estancia en Barcelona. Le di las gracias por la conversación, y le mostré mi admiración por su amor leal y verdadero hacia su esposa.

Seguí mi camino conmovida, emocionada por la magia de un encuentro fugaz, inesperado y humano. Conforme iba avanzando por el pasillo mi corazón sonreía. Gracias por este trayecto juntos, papá!

La amabilidad y la “H” están en todas partes, incluso en las más inesperadas. Vivir con “H” nos transforma, nos mejora.

De esta manera tan sencilla y tan humana empezó el primer día de un encuentro maravilloso, de una historia de amor interminable que guardo para siempre en la memoria del corazón

Abrazos,

Elena Lorente Guerrero

 

La memoria del corazón

Una gaviota de las muchas que visitan el pueblo pesquero decidió construir su nido en lo alto de un árbol del jardín que rodea el centro para mayores; justamente la parcela frente a la habitación de Sam, ¡mejor elección imposible!

Sam es un amante de la naturaleza, su habitación está llena de libros de pájaros, de animales, de paisajes. Hasta no hace demasiado solía disfrutar de sus caminatas por la montaña, del piragüismo, y de cualquier actividad que implicara estar al aire libre.

Sam fue fotógrafo, escritor y artesano de la madera, entre otras cosas. Un hombre polifacético, enamorado de la vida, y un gran observador. Y lo sigue siendo; puede pasarse horas con sus prismáticos disfrutando de los detalles de la colina que se alza más allá del jardín. Últimamente sigue con devoción el ir y venir de la madre gaviota y su cría olvidándose por completo del resto del mundo.

Le encanta regar las plantas, y lo hace con gran cuidado y respeto. Desde hace dos semanas tiene un invernadero en el rinconcito del jardín que da a su sala de estar particular. Allí está haciendo crecer unas tomateras muy prometedoras. Hace poco me contó que cuando era joven solía cuidar de un huerto y cultivaba patatas. Después de mucho buscar consiguió encontrar una antigua fotografía en blanco y negro en la que un joven Sam posaba orgulloso en medio de un inmenso campo de patatas.

Sam pasa muchas horas entre sus libros y sus cajas de fotografías. Lo mismo sonríe por minutos contemplando unas crías de leopardo jugando con su madre que disfrutando de los recuerdos de juventud que le traen de vuelta las fotografías. Recuerdos a los que cada día le cuesta más poner nombre y fecha pero que siguen intactos en la memoria del corazón, la que perdura para siempre.

Se nota que es cuidadoso y cuidador, se conmueve con facilidad. Los pocos ratos que pasa en la sala de estar, aunque con un ojo pueda estar leyendo, mirando la tele o conversando con alguien, el otro lo tiene puesto en las dos residentes más vulnerables y en cuanto ve algo que le inquieta se levanta y nos busca por el edificio para avisarnos: “Estoy preocupado por aquella señora”.

Su virtud cuidadora también nos ayuda a incentivarlo cuando notamos que pasa demasiado tiempo aislado en su habitación ya que significa también que se habrá olvidado de tocar la comida. Suele pasarle cuando está más confundido de lo habitual o cuando se da cuenta de que la mente le está jugando una mala pasada. Sam solía participar activamente ayudando a recaudar fondos para la investigación de la demencia, y hay momentos en los que él mismo es consciente de lo que le pasa…

Una de las maneras más efectivas y amorosas de acompañar a Sam en esta fase de la enfermedad es recordándole cuánto le queremos y le necesitamos. Todos necesitamos sentirnos válidos, útiles, reconocidos, necesarios. Así que en cuanto le pedimos:

– Sam ¿Te importaría estar pendiente del teléfono y contestar si llaman? ¿Nos avisarás?

Si quisieras comer en la misma mesa que la señora R nos harías un favor, cuando le haces compañía está más animada y deja el plato limpio.

-¿Te importaría darle conversación a M? hoy está un poco apagada y seguro que con dos frases tuyas ya la tenemos riendo. Y sabe que es verdad porque todavía conserva sus dotes de conquistador.

Estas invitaciones bastan para que Sam de un salto de la butaca y nos pregunte:

¿Estoy presentable? ¿Sí? Pues si me acompañas voy para allá ahora mismo.

Y mientras le acompañamos siempre tiene una palabra, un cumplido de agradecimiento: – ¡Vosotras sois maravillosas!,  suele decir.

Lo verdaderamente maravilloso es ser testigo de cómo el amor incondicional y la compasión son más fuertes que la demencia. Será porque están escritos en el alma de Sam, porque le nacen del corazón libres de las interferencias de la mente.

Me siento profundamente agradecida a Sam que, sin saberlo, es mi maestro. Me ayuda a re-cor-dar:

  • Que la calidad emocional y espiritual de la última etapa de la vida no se improvisa, se cultiva con micro-dosis dosis diarias de satisfacción, felicidad y sentido.
  • Que mejor me pongo ya a liberar del móvil y la cámara los instantes de felicidad para que queden impresos para siempre. Que anote cuándo, dónde y principalmente con quien, porque algún día se convertirán en mis tesoros, alimento para el alma.
  • Que los gestos más sencillos son los que hablan de quienes somos, así que no hay tiempo que perder, ahora mismo es el mejor momento para cultivar el amor, la compasión, la generosidad y la gratitud.
  • Que entrene la capacidad de asombro, de ilusionarme y entusiasmarme con todo lo que sea generador de vida y que está aquí mismo, a mi alrededor.
  • Que vivimos interconectados y en comunión con la naturaleza y que vivir tiene sentido cuando es hacia fuera, al servicio de los demás.
  • Y finalmente, que la memoria del corazón es la más importante de todas porque nunca se pierde.

GRACIAS DE CORAZÓN!

 

Highand

Luz y Amor,

Elena Lorente Guerrero

 

Besos que curan

De tots els Colors- Bringing Colour to NursingQueridos Amigos:

El turno de ayer fue de esos en los que nada más empezar todo se va complicando y sabes por experiencia que será una mañana agotadora. Así que ya de entrada nos organizamos para poder multiplicarnos y nos pusimos en marcha.

Antes de media mañana la vida me sorprendió con un precioso milagro, de esos que por auténticos ocurren en la máxima privacidad y discreción y te abrasan el Alma.

¿Os acordáis de Elisabeth? Estupenda e inteligente mujer a la que una forma poco habitual de demencia cerró con llave la capacidad de expresarse. Desde aquella vez que os hablé de ella las cosas han cambiado, su proceso ha avanzado mucho y la fragilidad a todos los niveles es más que palpable. Estamos en una recta final que empezó hace varios meses y en la que todavía no se ve con claridad la línea del horizonte.

Me encanta cuidarla, es un tú a tú que transcurre entre su silencio y mis palabras, y en sus cada vez más excepcionales momentos en los que en medio del laberinto de la demencia, su cuerpo, su mente y su espíritu se encuentran, se ensamblan, y sabes con certeza que Elisabeth está presente, aquí y ahora.

No me canso de repetir que en las personas con alguna forma de demencia la mente puede estar muy lejos, pero el espíritu está siempre presente. Así que además de cuidar esa realidad, tenemos que estar muy atentos porque los milagros ocurren de repente, sin previo aviso.

Ayer cuando entré a darle los buenos días Elisabeth estaba ya despierta, había un brillo diferente en su mirada y algo muy parecido a un intento de sonrisa después de tantos meses, que ya no recuerdo ni cuándo fue la última vez.

Le di el desayuno, la disfagia sólo le permite beber batidos o líquidos con un espesante tan útil como poco apetecible. Tomó su café y el batido de plátano mientras le decía con una sonrisa que ya estaba bien de tanta cama! que íbamos a escoger una ropa bien cómoda para pasar el resto de la mañana en la sala de estar, acompañada.

Como a Elisabeth le encanta la música clásica y a mí también me hacía mucha falta… pusimos música y la habitación se llenó de una vibración agradable, suave y alegre. En ese momento Elisabeth ya estaba sentada en la cama, a punto para ser movilizada con la grúa para ayudarla con la higiene personal. Estando frente a ella empezó a acariciarme el brazo derecho, pero no como lo hace habitualmente en un gesto nada preciso y repetitivo, esta vez estaba acariciando mi antebrazo de arriba abajo con dulzura y precisión. La miré a los ojos, me devolvió la mirada y supe que Elisabeth estaba allí, presente, toda entera. Le di las gracias en inglés repetidas veces, y le dije un ¡GUAPA! en castellano que entiende perfectamente,  me la comí a besos. Al retirarme y volver a mirarla noté que había algo más.

-¿Quieres decirme algo? Le pregunté

Ninguna respuesta, sin embargo había urgencia en su mirada

¿Quieres darme un beso?

Yes

Un SI suave, muy flojito, perfecto. Un monosílabo que es una apuesta por el amor, por la gratitud y por la vida después de meses de silencio, al menos conmigo. Acerqué mi mejilla a sus labios y sentí su beso suave, preciso, perfecto.

Sólo puede sentarme a su lado y abrazarla contra mi pecho, me puse a llorar de pura felicidad y gratitud, Elisabeth sonreía.

Le di las gracias entre lágrimas y le dije: sabes que te quiero ¿verdad?

Nuestra profesión tiene estos momentos únicos, preciosos en los que sencillamente dos seres humanos nos encontramos, nos reconocemos como iguales, y conectamos corazón con corazón.

Ayer Elisabeth cuidó de mi haciendo brillar el sol en una mañana de tormenta. ¡GRACIAS!

Abrazos y feliz día,

Elena Lorente Guerrero

Jardinería, demencia y una mirada azul aguamarina

De tots els Colors- Bringing Colour to NursingLlevaba tres días en la residencia y seguía perdido. Solo faltaban 4 días más, ¡y a casa! Toda una eternidad para alguien con demencia. 74 años, alto, fuerte, de complexión delgada, Juan tenía las manos curtidas de tanto trabajar al aire libre y unos ojazos preciosos de color azul aguamarina.

A simple vista, nadie hubiera sospechado que  hacía pocos meses había sido diagnosticado de demencia. Pero día a día, insidiosamente, la sombra iba ganando terreno enredándole la mente, nublando su pasado, implacable con el presente. Su mujer, de la misma edad y cuidadora a tiempo completo, se había tomado una semana de descanso que bien necesitaba.

Los días trascurrían para Juan sin un minuto de paz. Se levantaba de la silla a cada momento como aguijoneado por un enjambre de avispas. Caminaba sin rumbo ni propósito por los laberintos de aquel edificio.  Con frecuencia le caían unas lágrimas gruesas y cristalinas, entonces sí, era el único momento en el que se sentaba en la primera silla que encontraba, cabizbajo, derrotado, las manos en la cabeza preguntando al primero que pasaba que por qué le había abandonado su mujer, que él sólo quería volver a casa.

Solía dormir bien, de un tirón, la única tregua que le daba esa compañera infatigable. Pero por algún motivo esa noche no podía conciliar el sueño. Salió al pasillo, confundido, más perdido que nunca. Ahí lo encontró ella, apoyado en la pared, cagado de miedo.

Sorprendido, aliviado, aún desconcertado dejó que aquella extraña le guiara. Ya en la habitación Juan se sentó en la cama, triste, derrotado, ladeando la cabeza como buscando una explicación. Otra vez ese llanto grueso, cristalino, inconsolable y la eterna pregunta:

– ¿Por qué me ha abandonado mi mujer? Yo sólo quiero volver a casa. –

De nada serviría explicarle que su mujer le ama, y que en cuatro días estaría con ella. No podía retener esa información.

– ¿Te apetece un té? – Le preguntó la desconocida sentada a su lado.

La pregunta le pilló por sorpresa.

– Sí… – contestó.

Y compartiendo una taza de té, se le ocurrió una manera de ayudar a Juan. Había sido jardinero toda su vida, seguro que conectar con quien fue, con lo que amaba funcionaría.

– Juan, necesito tu consejo. Tengo un pequeño jardín y me gustaría plantar algunos bulbos, pero no tengo ni idea sobre eso. – Le dijo.

Por fin un cambio en su postura y un atisbo de luz en la mirada. Y así, sin más, Juan le empezó a explicar el cómo, cuándo y dónde de los bulbos. La sombra de la demencia, incansable, intentó jugarle una mala pasada cuando Juan se dio cuenta de que no podía recordar ni en qué jardines, ni para que familias había trabajado. Pero esta vez, ella fue más rápida que la sombra.

– Oye Juan, aquí tenemos un jardín enorme, precioso, pero que necesita un ojo experto. El invierno ha sido duro y nos vendría bien tu consejo para que vuelva a florecer en primavera.  Mañana nos espera un día de mucho trabajo ahí fuera.  ¿Qué tal si te acuestas ahora y descansas un poco?–  Le preguntó.

Juan asintió con la cabeza mientras el brillante azul aguamarina volvía a inundarle la mirada y ella le ayudaba a desnudarse y acostarse. Sentada a su lado sostuvo su mano, y le puso la otra sobre el pecho sonriendo, transmitiéndole paz, deseándole que descansara.

Consiguió dormirse, y no volvió a despertarse en toda la noche. Juan ganó la partida.

Elena Lorente Guerrero