Apego, desapego, sentido

foto reduida_60. jpegLa Tierra es un exilio para el Alma. Estar vivos, encarnados supone un desajuste entre la personalidad y el Alma. Una búsqueda del equilibrio entre apego y desapego.

Para poder desapegarnos, y soltar es necesario apegarnos primero, abrazarnos a lo que ocurre en nuestra vida, sentirlo para poder sanarlo.

Apego, desapego y sentido de vida están contenidos en la filosofía de Edward Bach y se expresan en los dos grandes grupos en los que se dividen los 38 remedios florales, existiendo entre ellos una polaridad complementaria.

Los primeros 19 remedios (12 curadores + 7 ayudantes) trabajan el apego. Nos ayudan a sentir lo que no sentimos y necesitamos sentir para integrar las lecciones que hemos venido a aprender y para desarrollar las cualidades del Alma. Nos ayudan por tanto a abrazar, a encarnar.

Los segundos 19 remedios florales trabajan el desapego. Facilitan la incorporación del  aprendizaje contenido en las experiencias vitales, ayudan a trascender el sufrimiento, a soltar, a crecer.

Estos dos grupos contemplados y estudiados de forma complementaria y paralela expresan el ciclo vital desde un punto de vista de aprendizaje emocional y espiritual. Debemos orientar nuestra energía hacia el sentir, centrarnos en los sentimientos. Cuanto más variado es el abanico de sentimientos, cuantos más matices encontramos en ellos, más equilibrados estamos.

El corazón es un maestro. La escucha consciente, atenta y serena del corazón nos pone en contacto con el latido de nuestra Alma. Cuando personalidad y Alma vibran y resuenan en armonía, este exilio temporal del Alma en la Tierra se ilumina viendo su sentido y su propósito. Conscientes de que el sentido es hacia fuera, y en relación con los demás, que todo lo que hagamos en nuestro paso por el mundo, sea con Amor.

Wallingford

Abrazos,

Elena Lorente Guerrero

 

 

 

Lo que el cerebro olvida, el corazón lo recuerda

“Atura el temps si pots, i si no pots
atura’t tu i aprofita el silenci
per escoltar la veu que et representa.”
Miquel Martí i Pol, Quietud perduda

De tots els Colors- Bringing Colour to NursingExiste un momento terrible para las personas con demencia, ese en el que de repente no saben dónde están, ni que están haciendo aquí. “¿Es este un centro de salud mental? Siento como si me acabara de despertar, alguien me ha puesto aquí y no sé dónde estoy ni que hago aquí.” Me dijo uno de los residentes hace poco. Me recordó la inquietante película “Cube”, con la diferencia de que no hay escapatoria a la demencia, ni se pueden detener las puertas que se cierran para siempre.

Un día después, ya de noche, otro residente apareció cubierto en capas de ropa sobre el pijama dispuesto a salir para coger el tren que le llevaría directo a casa. “¿Dónde estoy? ¿Qué hago yo aquí?” Lamentablemente esta experiencia tan frustrante se repite a menudo y parte el alma ver el pánico en los ojos, la fragilidad expuesta de par en par.

Las explicaciones sirven de poco, generalmente sólo hacen que entren en un bucle de preguntas y respuestas cada vez más complicadas de entender. Lo que sí comprenden perfectamente es el estado de presencia plena, la actitud calmada, relajada, abierta y sincera. Eso es lo mejor que les podemos ofrecer.

Me he dado cuenta de que las personas con demencia desarrollan una gran sensibilidad e intuición. Saben perfectamente si eres sincero o no, si pueden confiar, si van a estar a salvo. Hay mucha emotividad en ellos, labilidad emocional es el término correcto, pero me pregunto si no será que a medida que van cayendo las barreras mentales, las protecciones que han ido construyendo a lo largo de los años para hacer frente a la vida, se va abriendo un espacio donde las emociones y los sentimientos encuentran vía libre para mostrarse, y así conforme el cerebro olvida, el corazón recuerda….

demencia

Abrazos,

Elena Lorente Guerrero

Martita quiere polvo de estrellas, por Maricruz Martínez Loredo

Es ésta una historia real que puede servir de ejemplo para darnos cuenta que, muchas veces, la mejor medicina la llevamos dentro.

Marta tenía once años cuando le diagnosticaron una insuficiencia renal. Seguramente, había nacido con alguna malformación que no había sido detectada a tiempo y ahora tenía poca solución. Llegó al hospital con su madre, después de un largo viaje, ya que vivía en una alejada zona fuera del pueblo donde se encontraba el hospital.

Su color pálido, a pesar de ser morena, sus ojitos y sus manos hinchadas eran muy evidentes y demostraban, a simple vista, lo que le estaba sucediendo. De modo que deciden ingresarla y colocarle el tratamiento correspondiente, pero pasaban los días y Martita no mejoraba. Su situación era cada vez más crítica. No había en esos momentos muchos recursos para solucionar su problema, no había servicio de Diálisis y ella empeoraba.

Su carácter tranquilo y dispuesto le ayudaba a soportar aquella situación, y su mamá no se separaba de ella y la atendía continuamente. No sabiendo ya qué hacer, y para darle ánimos, una enfermera le llevaba todos los días “polvito de estrellas”. Simplemente, sacaba de su bolso la polvera del maquillaje y, con aspavientos, se lo ponía a Martita en la cara, diciéndole:

–Anoche, cuando salieron las estrellas, les robé un poco de polvo para ponerlo en la cara de Martita. ¡Mira qué lindo te queda! ¿A que está muy linda? –y Martita, que se lo creía y no se lo creía…, se reía con aquella ocurrencia y se divertía un ratito– Además –continuaba la enfermera–, esto le va muy bien a las niñas que están mal de los riñones, ¿a qué te sientes mejor? –y, desde luego, Martita decía que sí.

Un día, aquella enfermera no fue a su trabajo y Martita comenzó a sentirse peor. Le costaba respirar más que otros días: algo no iba bien. Fue sintiéndose cada vez peor y comenzó a pedir su “polvo de estrellas”. Durante mucho tiempo, aquella enfermera la visitaba todos los días, pero aquel día no aparecía. Martita se puso a llorar, ella no estaba bien y su polvo de estrellas no llegaba. Su madre la abrazaba y trataba de consolarla, pero no había manera.

Le colocaron una mascarilla de oxígeno porque casi no podía respirar. Pasó así toda la noche, intentando respirar y reclamando su polvo de estrellas. A la mañana siguiente, Martita estaba muy desmejoraba, apenas abría los ojos y no le quedaban ya fuerzas, estaba agotada por el esfuerzo de intentar respirar, y entonces llegó la enfermera. Martita, al escucharla, abrió los ojos y, con un hilo de voz, pidió:

–¡El polvo de estrellas!

A la enfermera se le llenaron los ojos de lágrimas, porque enseguida comprendió la situación. Corrió hasta su bolso, sacó la pequeña polvera que un día le regalaran para el Día de la Madre, fue rápido junto a Martita y le colocó en la carita su polvo de estrellas. Martita sonrió y… se convirtió en un angelito.

Allí quedó en su camita, con la carita hinchada por su enfermedad y maquillada con su polvito de estrellas….

Aquella enfermera no podía hacer nada para que Martita recuperara la salud, pero sí pudo hacer algo muy importante: acompañarla en la salida de este mundo para que lo hiciera con serenidad, porque eso sí estaba en sus manos.

La verdadera magia la llevamos dentro, en algún rincón del corazón. Tendremos a nuestra disposición muchos remedios, medicamentos y tratamientos, pero la verdadera alegría interior que hace florecer desde dentro, sólo es posible de corazón a corazón.

De “Cuentos para mis pacientes”; libro “CUIDANDO VIDAS

Maricruz Martínez Loredo

Enfermera

Me Gusta cuando Escuchas y Estás tan Presente, Gracias a Gabi Heras

De tots els Colors- Bringing Colour to NursingVivimos en la prisa, la urgencia, las mil y una cosas pasando al mismo tiempo. Vivimos hiperconectados, hacia fuera y en una vorágine de aparente comunicación que no nos exime de la necesidad de ser escuchados.

En este mapa invisiblemente vinculados donde todo es vivido en tiempo real, lo que nos sigue conectando con los demás no tiene que ver ni con el nivel intelectual, ni con  los conocimientos, tampoco con el estatus, o las facilidades tecnológicas. Los seres humanos seguimos conectando de corazón a corazón.

Que alguien nos regale su tiempo se ha convertido en un intangible que muestra cuánto le importamos al otro. Que alguien dedique su tiempo a escuchar lo valoramos casi como un lujo, una rareza del corazón…

Nos hemos olvidado de que cultivar la capacidad y la actitud de escucha es una meditación activa. Parte del contacto con el propio ser, con la propia esencia. Desde ese anclaje, desde ese centro, nos abrimos y conectamos con el otro. Empieza así la danza de la vida sutil y armónica que se da entre el ser humano que habla y el ser humano que escucha, dos almas que comparten, sienten y vibran en sintonía.

Inverewe gardens Poolewe

Así pues, cuando practicamos la escucha generosa y atenta además de ser un bálsamo para el otro también es curativo para nosotros. Cuando nos damos a los demás sin juicios ni prejuicios, de manera incondicional, cuando el que habla así lo siente, lo que ocurre es mágico,  trascendente.

Algunos sabéis que me encantan los guioncitos que separan las palabras para re-cor-dar y comprender la vida. Así que no he podido resistirme a hacer lo propio con E-S-C-U-C-H-A-R:

E- Entregarnos, apartarnos de nosotros, de nuestras circunstancias. Centrarnos en el momento presente donde sólo el otro existe.

S- Silencio interior. Acallar las voces, desconectar las alarmas de nuestra mente para captar la verdadera esencia de quien nos habla.

C- Consciencia, presencia, atención plena que sólo se consiguen si creamos espacios de reflexión personal. La conexión con nuestras propias emociones, comprenderlas es imprescindible para poder conectar con los demás. Nos ayuda también a estar centrados. Sólo así conseguiremos que los vientos de los demás no nos arrastren siendo al mismo tiempo, la roca donde puedan sostenerse.

U- Unir, re-unirnos con el ser único, irrepetible y precioso que tenemos delante. Aceptarlo, respetarlo y amarlo como tal.

C- Calma para saber estar. Calma para acompañar los silencios. Respetar los tiempos, saber esperar…

H- Humildad: el ser humano que habla y el ser humano que escucha, dos almas caminando juntas.

A- Autenticidad y honestidad. Escuchar de verdad, a veces sólo eso basta.

R- Recibir. Abrir el corazón para recibir, acoger y cuidar al otro que en su vulnerabilidad se abre, se entrega, confía.

Esta reflexión nace de la conversación mantenida hace pocos días con Gabi Heras en la que me comentaba que dentro de las habilidades de  humanización, aprender a escuchar, entrenar la escucha activa es fundamental, porque escuchar #humaniza.

Desde aquí, esta pequeña aportación para re-cor-dar que practicar la escucha nos ayuda a mantener el “yo” a raya, nos abre, nos libera.  Transcender la necesidad de ser escuchado para empezar a disfrutar del gozo de escuchar es una alegría inmensa que inflama el corazón y nos hace conscientes de esa gran verdad que Gabi Heras reza:

LO QUE NO SE DA, SE PIERDE

Leckmelm gardens

Abrazos,

Elena Lorente Guerrero